Noche
Odio el invierno, vayas donde vayas se te hielan las pelotas y hay mas trabajo de lo habitual ¿Por qué a la gente le da por portarse mal en Navidad?…Supongo que los negocios no se toman vacaciones.
Hoy me dirijo a la taberna de La rosa negra, un local situado a las afueras, a visitar a un tal Jonny Erizo, todos estos capullos tienen nombre de capullo. Al parecer dirige un pequeño negocio de tráfico de heroína al sur, en los muelles de Northway. La verdad es que no me importa, solo necesito saber dos cosas en mi trabajo, como es y donde puedo encontrarle.
Las calles están desiertas, como si toda la ciudad se hubiera convertido en un jodido cementerio, con los fantasmas de los yonkis matándose por un último chute.
No deberían suceder cosas como las que van a ocurrir en una noche como esta, no en Nochebuena.
Ya he llegado, La rosa negra, un tugurio en mitad de un estercolero, le vendría mejor el cardo negro…Al menos tendrán calefacción.
Mi impresión no mejora al entrar, una pequeña habitación sin ventanas y viciada por el humo que desprenden los cigarros de los borrachos perdedores que intentan sobrepasar lo mejor que pueden las fiestas…un panorama bastante deprimente; y en medio de esa desolación veo a Jonny, con su lacio pelo rubio cayéndole sobre las mejillas, sentado en una mesa con la botella en una mano y la pistola en la otra, pensando probablemente si pegarse un tiro bastara para solucionar todos sus problemas.
Me acerco a la barra y pido un whisky, aun es temprano y borrachos sedientos de sangre y acción, no, puedo esperar.
Por suerte mi amigo Erizo parece que tiene otros asuntos por atender, se levanta dejando unas monedas sobre la mesa y abandona el local sin despedirse de nadie, saliendo al frió viento de los callejones. Es mi oportunidad y no tengo tiempo como para desaprovecharla, así que yo también me levanto y me voy.
Le sigo durante unos minutos por unas estrechas callejuelas. Anda a un paso firme pero tranquilo, directo, pero sin prisa, con la poca prisa a la que se aguarda a la muerte. De repente se para, como si el frío de la noche hubiera terminado por congelarle, no hay nadie cerca que pueda presenciar la escena, solo el, yo y algún que otro gato solitario en busca de la cena de navidad.
“Vienes a matarme” me dice, no en tono de pregunta, sino de afirmación, con una voz clara y limpia, como quien se estudia un discurso. Las últimas palabras, la peor parte de mi trabajo. Continúa hablando antes de que pueda responder.
“Tuve que hacerlo, me tenían cogido por los huevos, era mi única oportunidad de librarme de la cárcel” Toma aliento, ya no habla tan firmemente, uno de los efectos del miedo.
Saco mi pistola del bolsillo del abrigo, una Beretta del 92, con el cañón modificado para añadirle el silenciador, mi pequeña.
“Habrá alguna posibilidad de negociar, voy desarmado, mira, no esta cargada” solloza mientras tira su revolver. A veces aun me sorprende la velocidad con la que puede desmoronarse un hombre. No sirve de nada, es la hora.
Le apunto a la cabeza, la mano no me tiembla, es algo que la costumbre me ha dado, y repito las palabras que llevo diciendo desde hace nueve años, las palabras que todos temen, las palabras a las que todos respetan.
“La familia no perdona”
Jonny cae muerto sobre la nieve, la noche de Nochebuena.
- Max Estrella









