La Sala. de Max Estrella
Capítulo I
¿Dónde estoy?…Esa fue la primera pregunta que se me vino a la cabeza al abrir los ojos, hará ya una hora, y que sigue encadenada en mi mente….por desgracia no es lo único encadenado.
Desperté esposado a una silla de una habitación vacía y apestada de humedad, algún tipo de sótano o almacén. Enfrente mía hay una mesa de hierro algo oxidada, y sobre esta un molesto foco apuntándome directo a la cara. Por si fuera poco la habitación me da vueltas y siento que la cabeza me esta a punto de estallar.
Pero lo que de verdad me preocupa, y me asusta terriblemente, es que no puedo explicar porque estoy aquí, o como he llegado, porque no lo recuerdo…no recuerdo absolutamente nada.
Oigo gotear de fondo, alguna cañería rota, y también como pequeñas pisadas, seguro que son ratas, odios las ratas eso si lo recuerdo.
De repente se abre una puerta y aparece un hombre. Es alto y de hombros anchos, traje de chaqueta, pelo engominado, maletín en mano…si no fuera por las esposas que me tienen atrapado pensaría que viene a venderme una maldita enciclopedia.
Cierra la puerta y se sienta en una silla situada delante de mí mientras saca lo que parecen unas carpetas del maletín, todo ello sin dirigirme ni una palabra. Apenas le distingo la cara, oculta entre las sombras, porque la única luz de la sala apunta hacia mí, cegándome.
Intento hablar pero lo único que consigo es un humilde quejido y una dolorosa punzada entre ceja y ceja.
— No intente hablar señor Ferrer, aun esta bajo los efectos de la sedación.
La voz del tipo es grave e impersonal, casi como un ordenador. Aunque habla un perfecto español le noto un leve acento que no consigo situar, tal vez francés…
Continúa hablándome.
— En estos momentos se encuentra usted bajo nuestra jurisdicción. Ahora me gustaría hacerle unas preguntas, solo asienta o niegue con la cabeza.
Dios, ¿Pero quien diablos es este tipo? ¿En donde me he metido ahora? Maldita sea la cabeza me va a matar…
— ¿Su nombre completo es David Ferrer Martín?
Esa es una buena pregunta, y ojala supiera la respuesta, aunque solo fuera para mentirle, pero no lo recuerdo.
Consigo articular unas palabras pese a la terrible jaqueca.
— ¿Qué es esto?— oh…mi cabeza.
— No hable señor Ferrer, solo mueva la cabeza.
¿Por qué no mueves tú el culo y me dejas tranquilo? Obviamente no se lo digo.
Hace un calor terrible ¿Qué es esto, alguna técnica de intimidación? Las preguntas siguen.
— ¿Conoce usted a Ivonne Ledoine Delacroix?
¿Una chica? Lo que me faltaba, mujeres por medio, y además francesa, ¡olalá!
parece que la cosa se pone emocionante, ojala supiera de que diablos me esta hablando.
—No…no sé…quien es…no lo recuerdo — Le respondo con esfuerzo.
Al menos me estoy despejando, y mis ojos se han adaptado a la luz por lo que ahora le puedo ver mejor la cara. Lleva gafas de sol y el rostro muy bronceado con ese color que solo los rayos uva saben darte. Pero lo que más me llama la atención una enorme cicatriz que le cruza el labio y le llega casi a la sien izquierda, un tajo blanco que contrasta fuertemente con su piel morena.
El conjunto le da al tipo un aire bastante siniestro…
— Bueno señor Ferrer, vamos a tener que adoptar medidas más drásticas.
Hurga en su maletín y saca lo que parece ser… ¡o mierda!
— ¿Qué va a hacerme? — Le pregunto sin apartar la vista de la jeringuilla que brilla
entre sus dedos.
— No se preocupe señor Ferrer, esto le ayudara a recordar—. Y mientras me dice esto
se coloca detrás de mí. Siento un pinchazo en el cuello y la habitación comienza a oscurecerse.
— ¿Qué me ha…? — Pero no me da tiempo a terminar antes de caer inconsciente.
Capítulo II
<< El vuelo con destino a Paris esta a punto de despegar, se ruega a los señores pasajeros que embarquen el la puerta cinco >>
Ese es mi vuelo, será mejor que me apresure, me pegaría un tiro si lo perdiera.
Voy con el tiempo justo, pero todo esta ya prácticamente listo, las maletas están facturadas e Ivonne me envió un mensaje al móvil hará unos minutos diciéndome que el equipo estaba preparado, me estaría esperando en el aeropuerto para llevarme a casa…y que tenia muchas ganas de verme.
Ha pasado casi un año desde la última vez que estuvimos juntos y yo también la echaba muchísimo de menos, pero tuvimos que incrementar las precauciones desde el incidente de Marruecos. Ambos estábamos siendo muy vigilados, pero esta vez tenia que correr el riesgo, la necesitaba, en muchos sentidos.
Será mejor que suba al avión.
Había reservado asientos en primera clase. Nunca he soportado las multitudes, me agobio mucho y me siento vulnerable entre el bullicio, además, necesito conexión Internet para arreglar algunos ajustes durante el vuelo.
Siempre llevo conmigo mi portátil, actualizado con lo último en material tecnológico y los programas informáticos más caros del mercado, era mi principal herramienta de trabajo, y un pequeño caprichillo mío.
Al tomar asiento se me acerca una guapa azafata empujando un carrito.
— ¿Desea tomar algo antes de despegar, señor? — me pregunta.
Es muy temprano y no me gusta beber por la mañana, pero estoy nervioso y emocionado por lo que se avecina y necesito relajarme.
— Un whisky escocés por favor — Mejor empezar fuerte.
Tras servirme la bebida enciendo el ordenador y compruebo el correo. Roberto ya me había respondido. Tiene terminado los planos con las últimas actualizaciones, se los enviara a Ivonne, es más seguro.
Roberto es mi hacker personal y uno de los capullos mas geniales he conocido en mi vida. No sabe freírse un huevo pero consiguió que le llevaran pizza gratis a casa durante tres meses con solo el software de un móvil. Le confiaría mi vida, o en todo caso, la de mi perro.
El avión comienza a despegar, odio las turbulencias durante el despegue. Siempre he adorado volar, y por mi trabajo suelo hacerlo bastante, pero últimamente le estaba cogiendo mas respeto a las alturas de lo normal, probablemente consecuencias de lo de Marruecos…nunca debí de haber hecho ese viaje.
Capítulo III
Oh…mi cabeza… ¿En donde…? Sigo aquí…
Durante un segundo había tenido la esperanza de despertarme tumbado en una hamaca en la playa, pero para desgracia de mi espalda sigo encadenado a la silla de esta apestosa habitación. ¿Cuánto tiempo ha pasado? La sala esta de nuevo vacía y el tipo de la cicatriz ha desaparecido.
No hay ventanas, solo un estrecho conducto de ventilación, por lo que no sabría decir si es de día o de noche. Aquello que me metieron me dejo inconsciente al instante y durante ese periodo había tenido un sueño bastante extraño… ¿O era un recuerdo? Y si así era ¿De cuando? Todo es muy confuso. En mi “sueño” mencionaba una tal Ivonne, ¿Seria la misma de quien me había hablado el tipo de antes? Sea lo que fuere, parece que me traía algo importante entre manos y lo que fuera que tenia que hacer era en Paris, aunque dudo que sea este el resultado que tenia planeado.
La cabeza me va a reventar…
La puerta se abre y aparece el hombre de la cicatriz, esta vez acompañado de otra persona, algún tipo de médico o científico a juzgar por la bata blanca que lleva puesta, el cual arrastra algún tipo de máquina apoyada sobre unas pequeñas ruedecitas
— ¿Ha recordado algo señor Ferrer? —Me pregunta el tipo de la cicatriz mientras
ocupa el lugar de nuestra charla anterior.
— ¿Quién eres? — Murmuro intrigado — ¿Por qué me tenéis aquí? — No obtengo
respuesta. En cambio el trajeado mira al tipo de la bata con un gesto afirmativo, a lo que este responde colocándome unas cintas alrededor del pecho y el abdomen, unidas por un fino cable a la maquina que habían traído.
Este trasto ya me suena mas, es un polígrafo, un detector de mentiras, quieren sonsacarme algo, pero por suerte no tengo nada que ocultar, que yo sepa y el problema es que lo que se es mas bien poco.
— Bien señor Ferrer, voy a hacerle unas preguntas y quiero que sea sincero, porque como ya habrá notado, sabremos si miente — apoya los bazos sobre la mesa entrecruzando los dedos y comienza el interrogatorio.
— ¿Sabe porque esta aquí señor Ferrer?
Por supuesto que no lo sé maldita sea, ¿por qué no me lo dicen ellos y nos dejamos de tantas tonterías de una vez?
Le contesto que no lo se y mis palabras parecen quedar corroboradas por el detector, según le indica el tipo de la bata al otro. Entonces les pregunto algo que me llevaba rondando hacia un rato.
— ¿Por qué no recuerdo nada? ¿Qué me habéis hecho?
El tipo de la cicatriz me mira sonriente.
— ¿Nosotros?, nosotros no le hemos “hecho” nada señor Ferrer — Se remoja los labios, como con la intención de darle suspense al asunto. — Fue usted solito, no sabemos como, quien borro su memoria antes de que lo atrapáramos. Pero por suerte sus recuerdos siguen ahí, escondidos, en su subconsciente, y nosotros nos vamos a encargar de que salgan a la luz…aunque sea a la fuerza.
Vaya, eso si que no me lo esperaba. ¿Pero por qué haría yo algo así? ¿Qué quería ocultar con tanto ahínco como para borrarme la memoria? Parece que gracias a mis nuevos amigos pronto lo iba a descubrir.
Me desconectan el polígrafo.
— ¿Ya se han acabado las preguntas? Con lo bien que lo estábamos pasando.
El hombre saca de nuevo una jeringuilla y se coloca detrás de mi.
— Tranquilo señor Ferrer, esto no ha hecho mas que empezar. — Y seguidamente siento un fuerte pinchazo en el cuello. La habitación comienza a estrecharse a mi alrededor, pero me da tiempo a decir una última palabra antes de caer desmayado.
— Capullo…
Capítulo IV
La Table Rouge, el mejor y más caro restaurante de Paris, una pequeña fortuna por una simple cena, pero no me importa, todo tiene que salir perfecto.
Ivonne va preciosa, con un precioso vestido negro de espalda abierta, a juego con su largo pelo que se desliza sobre su hombro como una cascada azabache.
Tomamos asiento mirándonos cara a cara, hace que me sienta indefenso cuando me atraviesa con sus ojos verdes, y eso me aterra a la vez que me fascina.
Llevo ya tres días aquí, preparando el equipo y revisando los datos de Roberto, mañana es el gran día y todo tiene que estar listo, no puede haber fallos. Ivonne sigue mirándome.
— ¿En que piensas? — Me pregunta sensualmente, con sus labios encendidos, esos
labios que había estado besando durante toda la noche estos últimos días.
— Pienso en que cuando termine este asunto te voy a llevar a una isla desierta, en mitad del pacifico, tu y yo solos…y algún que otro monito. — Le contesto.
Se acerca más a mí sonriendo y dice — ¿Y de que nos vamos a alimentar mister Tarzan, de cocos?
— Ya le diremos a Roberto que nos mande unas Pizzas— Ambos reímos, no tanto de la broma como de la alegría de estar juntos de nuevo.
Entonces un aire helado recorre mi espalda y me eriza el cabello. Desde siempre he tenido presentimientos de cuando iban a ocurrir cosas malas, era algo que me había salvado en incontables ocasiones, y esta vez parecía algo muy malo.
Miro detrás de mi disimuladamente y siento que el mundo se me viene encima cuando le veo, con su impecable traje, sus gafas negras…y su horrenda cicatriz.
— ¿Qué pasa David? — Ivonne conoce esa expresión en mi cara, más que de miedo,
de precaución.
— Hemos de irnos, ¡Rápido!
No pregunta mas, sabe que algo ocurre y ya se enterara de los detalles después, eso es lo que mas me gusta de ella, nunca pierde los nervios.
Cogemos los abrigos y nos dirigimos directos a la salida, aun no habíamos pedido por lo que no tenemos que pagar nada.
Estamos a unos pasos de la puerta cuando él aparece delante de nosotros, con una media sonrisa en los labios cortándonos el paso.
— ¡Víctor! Tú por aquí — Le saludo todo lo alegremente que puedo.
— ¿Ya se marcha señor Ferrer? — me pregunta con un tono empalagoso.
Maldito Armani, me pone nervioso.
— Si, bueno, nos apetece terminar el postre en otro sitio no sé si me entiendes— le contesto — Pero te recomiendo el salmón, una delicia
— Déjese de tonterías señor Ferrer ¿Qué hace en Francia? — Me dice agarrándome del brazo con más fuerza de la necesaria.
No va a ser fácil quitárnoslo de encima. Por suerte a lo lejos veo la solución, un camarero cargado una bandeja camina hacia nosotros.
— Ya ves, haciendo turismo, oye la torre Eiffel, una gozada.
No le doy tiempo a responder porque en ese momento el camarero se tropieza con mi pierna, ocasionalmente situada, vertiendo sobre Víctor todo el contenido de la bandeja y dejándonos a Ivonne y a mí una estupenda vía de escape que no desaprovechamos.
Salimos a paso rápido del restaurante y cogemos un taxi entre los que esperan en la puerta.
El corazón me va a mil, ha faltado muy poco para que todo se fuera al garete, parece que estamos más vigilados de lo que teníamos previsto. Ivonne no para de mirar atrás para ver si nos siguen, le hemos despistado.
— ¿Y ahora que, David? —Pregunta con un tono serio que no consigue esconder su preocupación.
— Seguimos lo previsto.
Capítulo V
— Señor Ferrer…
¿Quién…?
— ¿Puede oírme señor Ferrer?
¿Quien me habla…? Abro los ojos con dificultad y veo al tipo de la cicatriz a unos palmos de mi cara ¿Pero que hace aquí?…ah, si,…me tiene prisionero.
— Si, si te oigo…Víctor. — En la cara del hombre se dibuja una tenue sonrisa, o eso
me parece ver porque su rostro recupera rápidamente su acostumbrada inexpresión.
— Veo que ya me recuerda señor Ferrer. — en su voz noto cierto tono de alegría
— ¿Recuerda algo más? — me vuelve a preguntar.
Dios le estoy cogiendo verdadero asco a este tipo…—Recuerdo que me jodiste una cena, aparte de eso…sigo en blanco — En mis palabras dejo caer matices de desprecio que él capta fácilmente a lo que me responde.
— Eso fue hace tres días ¿No recuerda nada posterior a eso? — Se quita las gafas de sol y se acerca más a mí mirándome fijamente. Casi esperaba encontrarme con un ojo de cristal o algo así raro, pero para mi decepción muestra unos brillantes ojos azules que incluso se podrían catalogar de bonitos. — ¿Recuerda quien es usted señor Ferrer?
La pregunta me coge por sorpresa y me impacta, por la incapacidad que tengo para responderla. Se que me llamo David Ferrer y que he viajado a Paris para hacer algo importante, también sé que mantengo algún tipo de relación con una chica llamada Ivonne y que este tipo, Víctor, no es la primera vez que me da problemas.
Recapitulando, no tengo nada, pero cada vez que me pinchan con esa cosa me acerco más a la verdad, con una dosis más puede que llegue a recordar por que estoy aquí. Pero… ¿De verdad quiero recordarlo? Por lo que estos tipos me han contado fui yo mismo quien me hice esto, y apuesto a que si sigo vivo es porque quieren la información que tengo en mi cabeza…todo es muy confuso, pero necesito saber, y al fin y al cabo van a seguir metiéndome lo que sea que me metan, no merece la pena retrasarlo.
— No recuerdo nada más de lo que ya te he dicho, pero si me metéis otro chute de esos,
seguro que nos quitamos de dudas ¿No, Vic? — Víctor me sonríe al tiempo que agarra su maletín y se dirige hacia la puerta — Más me gustaría señor Ferrer, pero otra dosis en un periodo tan corto de tiempo podría…matarle. — Y con esto abandona la sala.
Mmm… genial, a esperar…ya podían traerme una tele.
La puerta se abre de golpe dándome un tremendo susto y entran dos hombres cargando con una bandeja de comida. Hasta ahora no había caído en el hambre que tengo, no recuerdo cuando fue la última vez que comí y tanto viaje onírico me ha dejado agotado.
Son un par de tipos altos y de hombros anchos con aspecto de matarse en un gimnasio.
Dejan la bandeja sobre al mesa y me quitan las esposas para que pueda comer, a continuación uno de ellos cierra la puerta con llave y cada uno se coloca a un lado de ella, parece que me van a hacer compañía, tal vez pueda sonsacarles algo.
— Que tal chicos, ¿Un día duro? — No obtengo respuesta, pero por seguir intentándolo
nada pierdo — ¿Sabéis por que me tienen aquí? ¿Hola…?— Siguen sin hablarme, entonces caigo en que tal vez no hablen español, a fin de cuentas estamos en Francia…creo.
Comienzo a comer, de primero una sopa que parece que llevara tres semanas congelada, y de segundo pollo, este no esta tan mal pero casi me ahogo con un hueso.
Hueso…eso me da una idea.
Los hombres siguen en la puerta con la mirada perdida, no llevan armas a la vista, tal vez aun tenga una oportunidad.
Comienzo a toser, primero débil, después con mas fuerza, pero no me hacen caso, que tiernos. Toso aun más fuerte y me dejo caer al suelo tirando la bandeja como si no me entrara nada de aire. Por fin acercan a socorrerme. Mientras uno me levanta el otro se coloca detrás mía para hacerme los primeros auxilios…allá vamos. Le pego un cabezazo al tipo situado detrás de mi confiando en quedarle inconsciente de un golpe. El otro no consigue reaccionar con la suficiente velocidad y le clavo mi rodilla en su estomago, seguido de un fuerte golpe en la cabeza con la bandeja de metal.
Los dos quedan tumbados en el suelo, sin conocimiento…no me puedo creer que haya funcionado.
Busco en el bolsillo de uno de los hombres y encuentro la llave que cierra la puerta, me dirijo apresurado a esta e intento con la primera, no encaja en la cerradura, la segunda llave tampoco, pero al meter la tercera oigo un melodioso clic.
A continuación siento un fuerte golpe en la nuca, la habitación se desvanece y pierdo el conocimiento.
¿Por qué haga lo que haga termino con un terrible dolor de cabeza?…necesito una aspirina.
Vuelvo a estar encadenado a la silla con las esposas tan apretadas que casi me cortan la circulación. El tipo de la bata que me estuvo haciendo las pruebas del polígrafo lleva una media hora midiéndome la tensión y cosas de esas.
Se abre la puerta, es Víctor.
— ¿Qué tal se encuentra señor Ferrer? ¿Le duele la cabeza? — Me dice mientras se
lleva un dedo a la frente.
— No más que a ti el mirarte al espejo, Víctor.
Sonríe e indica al otro con un gesto que se marche.
— Lo que ha hecho intentando escapar ha sido una estupidez, pero gracias a nuestro
querido Axel, ha podido descansar el tiempo suficiente para que podamos seguir con la terapia ¿No esta contento? —
— Irradio felicidad —le contesto.
Pero tiene razón, había sido una estupidez, podrían haberme matado aunque no creo que tarden mucho en hacerlo una vez tengan lo que quieren.
— ¿Qué es lo que quieres Víctor? — Le pregunto — ¿Qué queréis de mí?
Se lo diría, pero según nuestros especialistas eso podría… condicionarle, necesitamos
que recuerde por si solo — Me responde.
— ¿Y a que estamos esperando? — le suelto con aire desafiador.
Se coloca detrás de mi aguja en mano y me agarra la cabeza fuertemente apartándomela para ver bien la zona donde debe clavarme la jeringuilla.
— A nada señor Ferrer…a nada. — Y siento el pinchazo… la pesadez de mis parpados, y después no siento nada.
Capítulo VI
Todo esta totalmente oscuro a mí alrededor, por suerte voy bien preparado. Conecto las gafas de visión nocturna y un destello verde me ciega durante unos segundos, aun no me acabo de acostumbrar a estas nuevas gafas. Me llevo la mano a la oreja para conectar el comunicador.
— Roberto ¿me recibes?
No obtengo respuesta.
— ¿Robert…?
Un fuerte pitido perfora mi oído hace que casi se me escape un grito de dolor.
— Te recibo alto y claro compañero, estaba haciendo unos ajustes para mejorar la
transmisión, espero que no te haya molestado el ruido del satélite
— Ha sido como un suave susurro… ¿recibes mi posición?
— Eso esta en…ya. Aquí estas, un rollizo y hermoso puntito rojo.
No se como puede estar tan animado en una situación como esta.
— Si vale, ¿Distancia?
— Ahora mismo estas en la sala de arte español, bastante cerca, solo sigue todo recto y
veras una salida a la izquierda…allí están los problemas.
Con problemas se refiere a guardias, con linternas, pistolas y buena puntería.
— Te avisare cuando llegue — Corto la comunicación.
Comienzo a andar agachado procurando no hacer ruido lo cual tampoco me preocupa mucho debido a las botas que llevo, hechas de un polímero similar a la goma pero más silenciosa y con una mayor libertad de movimiento, cortesía de Ivonne.
El pasillo esta plagado de cámaras de vigilancia con sensor infrarrojo, pero para ellas no soy más que un borrón azulado camuflado con el entorno, gracias al traje térmico aislante, mantiene el calor corporal en el interior impidiendo su emisión al exterior. Es abrasador pero necesario para pasas desapercibido.
Cruzo el pasillo y llego a la sala principal. Es una habitación grande con un par de guardias vigilando a los alrededores.
— Ya he llegado Rober.
— Lo se puntito, puedo verte — Me contesta al otro lado del comunicador
— Desde mi posición veo dos vigilantes, los que teníamos previstos, ¿Tienes listo el
señuelo?
Un guardia pasa cerca de mi posición por lo que me pego a la pared, por suerte no se acerca lo suficiente para verme, he de tener mas cuidado.
— ¿Roberto? — Le apresuro en un susurro.
— Si si, ¿Crees que meterse en el sistema informático de estos gabachos es fácil? Pues
si, lo es, esta listo, tu dices cuando lo suelto.
El plan del señuelo era sencillo pero me daba poco tiempo. Había sido idea de Ivonne y a Roberto le había llevado dos semanas tenerlo listo. Consiste en un virus de doble acción, por un lado crea un señuelo que alerta de la existencia de un intruso en la planta más alta de modo que los vigilantes vayan a comprobarlo. A la vez en cuanto en la sala de control activen las alarmas de seguridad el virus permitirá que Roberto tome el control del sistema y así encerrar a los guardias lejos de mí. El problema es que a los nueve minutos se reiniciara el sistema por lo que ese es el tiempo que tenia para cogerla y salir sin ser atrapado. Es el momento de probar si funciona.
— Lánzalo — Le ordeno.
—Y…allá va nuestro ladronzuelo fantasma.
A los pocos segundos las radios de los guardias empiezan a zumbar y salen corriendo por las escaleras.
— Ha funcionado Robi, toma el control y enciérralos.
— Listo… bien mister puntito, tienes nueve minutos así que ya te estas poniendo un petardo en el culo y enseñándome lo que vales —
Adelante…me dirijo corriendo hacia ella, esta tapada por un doble cristal de varios centímetros de grosor cada uno. Del primero me deshago con facilidad actuando con un destornillador eléctrico en las cuatro esquinas. El segundo no puedo desatornillarlo así que hago unas fisuras estratégicas con una aguja sónica a la frecuencia mas aguda y lo retiro con una ventosa de ventana. Roberto empieza a hablarme de repente.
— ¡David cuidado!, aparte de los cristales hay una capa de lasers móviles con la que no habíamos contado, que conectan directamente con la comisaría. Desde aquí no puedo controlarlos pero a tu derecha hay un panel de control que lo desactiva, tienes que conseguir un código de…siete cifras.
Genial lo que me faltaba. El teclado del panel estaba hecho de una sustancia similar a la silicona que evita que se deje un rastro sobre las teclas. Solo me queda conectar el decodificador y que el averigüe la cifracción, el problema es que estos sistemas son de código rotatorio por lo que el aparato me daría varias combinaciones…y solo una es la correcta.
Comienza a funcionar, solo me quedaban seis minutos.
Empieza a probar números hasta que me queda solo tres combinaciones, la primera la descarto al tener solo seis cifras por lo que quedan dos, las cuales solo se diferencian en las dos ultimas cifras…23 y 42.
— Rober… ¿veintitrés o cuarentaidos?
— ¿Que? ¿De que diablos me hablas?
— El código, dime una cifra — le apresuro.
— Eee…el veintitrés.
Marco el 42 en el teclado…durante un segundo que se me hace eterno no ocurre nada, pero a continuación se ilumina una pequeña lucecita verde en el panel y oigo la voz de Roberto gritándome como si lo tuviera dentro de la cabeza,
— ¡¡Si!! ¡Sabia que lo conseguirías! Eres mi maldito ídolo ¡Si!
Una repentina alegría me sacude todo el cuerpo. Allí esta, mirándome, sonriéndome, era mía.
Capítulo VII
Abro los ojos lentamente, sin la prisa que la impaciencia me había dado antes. Delante de mi, mirándome con una visible cara de impaciencia esta Víctor acompañado de…el tipo de la bata que anteriormente me había estado haciendo pruebas.
— ¿Como se encuentra señor Ferrer? — Me dice Víctor apresuradamente — ¿Qué recuerda?
¿Qué recuerdo? Es la primera vez que esa pregunta no me llena de temor, porque la respuesta es tan sencilla como placentera… ¿Qué recuerdo? Lo recuerdo todo.
Es hora de jugar.
— Te recuerdo a ti, Víctor…o debería decir agente Víctor de la Fontaine— Su cara de
perro ansioso se torna alegre como la de un niño con un juguete nuevo — Uno de los miembros mas productivos de la IAA, una división de la INTERPOL destinada a resolver robos y estafas de carácter internacional…¿Me equivoco? —
Sonríe mientras saca una pistola del interior de su chaqueta.
—Solo en una cosa, no soy uno de los miembros mas productivos…soy el mejor, y ahora señor Ferrer — Me apunta con la pistola a la cabeza — Va ha decirme donde la tiene escondida.
— ¿Cuándo nos vimos por última vez Víctor? ¿En Marruecos tal vez? Si, allí fue donde
te hice esa bonita marca en la cara ¿Verdad? — necesito entretenerle un poco mas.
— Allí fue señor Ferrer, y aquella vez consiguió escapar no se como, al igual que
tampoco se como consiguió eliminar todas las pruebas que le inculpaban, pero no confíe en correr la misma suerte esta vez —
Sus ojos muestran un fuerte odio que había mantenido oculto hasta ahora, y tal es ese odio que no le permite percatarse de que el tipo de la bata blanca se había separado de su lado y se colocaba ahora a sus espaldas.
— ¿Tan seguro estas de que me tienes? — Le digo con una seguridad demasiado alta
para alguien que tiene una pistola apuntándole a la cabeza, pero para cuando el se da cuenta de esto es ya demasiado tarde. El tipo de la bata le clava una jeringuilla en el cuello y cae al suelo inconsciente.
— Quítame estas esposas de una vez — apresuro al tipo de la bata.
El científico coge unas llaves de la chaqueta de Víctor mientras me dice — ¿Por qué has tardado tanto en recordar? Ya me estaba aburriendo —
— Bueno, tú te equivocaste con el código, ahora estamos en paz, Roberto —
Roberto me sonríe y me quita las esposas.
— ¿Qué le has metido a Víctor? — Le pregunto mientras me froto las muñecas, lastimadas por las esposas.
— Oh, un pequeño juguetito que cogi del laboratorio, despertara en unos segundos,
pero tendrá los músculos entumecidos durante un par de horas ¿A que mola? —
Entre los dos colocamos en una silla a la bella durmiente y al rato despierta tal como advirtió Roberto.
— ¿Qué va a hacerme señor Ferrer, matarme? — Pregunta Víctor con esfuerzo.
Me acerco hasta quedarme a unos pocos centímetros de su cara y le digo — Soy un ladrón Víctor, no un asesino —
Me mira fijamente, entre asustado y confuso
— ¿Pero como…?— susurra titubeante.
— ¿Cómo? Te lo voy a contar, porque quiero ver tu cara cuando te des cuenta de lo alto
que puede llegar tu arrogancia. —
Me siento en una silla enfrente de mi enemigo y comienzo a relatar mi historia.
— Cuando Ivonne y yo te vimos en el restaurante me di cuenta de lo vigilados que
estábamos, sabía que no iba a poder sacar el botín del país contigo pegado a mi trasero como un perro, así que elabore un plan — Tomo aliento, dando expectación a cada una de mis palabras, las cuales Víctor escucha con una tremenda atención.
— Yo le había encargado a Roberto una copia lo mas fidedigna posible, por lo que
pudiera ocurrir. En un principio no tenía pensado usarla, pero tú me obligaste.
Con la falsificación en mano me dirigí a coger el primer vuelo que saliera hacia España, como suponía tus hombres estaban allí esperándome, así que, me deje atrapar.
— ¿Y la original? — Me pregunta Víctor.
— ¿La original? partió con Ivonne una hora después escondida en una baguette, vuestro magnifico pan francés.
Como ya me habíais cogido y con la prueba del delito acompañándome, mandaste retirar a tus hombres de los aeropuertos, para Ivonne fue muy fácil coger el primer vuelo hacia Japón. Para cuando tus especialistas notaron que lo que llevaba encima era una copia, Ivonne ya la tenía colocada fuera de país. — Dejo que Víctor saboree el amargo gusto de mis palabras y continúo. — Pero ahora tenia otro problema, y bastante serio.
— Te teníamos a ti…— Se me adelanta.
— Exacto, ese era el punto negativo del plan, y ahí es donde entra de nuevo Roberto.
Tras verte en el restaurante le hice una llamada y a los dos días le teníais colocado como jefe de laboratorio en la sede francesa de la INTERPOL. Es impresionante lo que puede hacer si se cuela en una base de datos.
La idea era sencilla, Roberto se infiltraba, me rescataba y de paso borraba toda la información que me involucraba en el caso del robo, pero para eso necesitaba acceder físicamente al sistema informático principal, y para eso necesitaba tiempo. —
— Tiempo que tú le distes borrándote la memoria — Se me vuelve a adelantar Víctor.
— Sabia que no ibais a hacerme nada hasta que no supierais donde estaba escondida, y
yo tenia que aprovechar eso para conseguir tiempo. Podía negarme a decíroslo, pero conozco las maravillas del pentotal sódico o suero de la verdad. Si fingía una amnesia lo hubierais averiguado haciéndome pruebas con un detector de mentiras, como bien hicisteis. Lo único que podía hacer era olvidar de verdad, y lo conseguí con ayuda un fármaco llamado SD3. El problema es que me pase con la dosis, olvide demasiado.
Pero gracias a ti, ahora ya lo recuerdo todo y creo que ha llegado el momento de la despedida. —
— ¿Y como pensáis salir de aquí? Tengo hombres apostados fuera ¿Creéis que os
dejaran marchar así como así? — balbucea furioso.
— Oh ¿No te he contado esta parte? Tu arrogancia Víctor, tu arrogancia es la que nos
ha dado la clave.
Es algo en lo que me fije la primera vez que desperté aquí, ¿Por qué estaba atrapado en una sala sucia y estropeada? No tenia sentido que un tipo vestido de traje, que hablaba como si fuera de la CIA, me encerrara en un almacén abandonado. Pero ahora lo comprendo todo.
Cuando te dijeron que lo que teníais era una falsificación tus aspiraciones de poder se derrumbaron. ¿Que te quedaba? Un ladrón inconsciente y una falsificación, no podías presentarte con eso en la agencia, no, tu querías el premio gordo, así que me trajiste a un viejo almacén de provisiones y ordenaste que vinieran algunos de tus hombres y científicos. Tu objetivo era averiguar donde la tenia escondida y así tenerme con las pruebas. Todo un merito que seria recompensado con grandes honores ¿verdad? Por eso nadie, excepto tus hombres saben que estoy aquí, los mismos hombres que han recibido una supuesta orden tuya de volver a la base y olvidarse del caso. Estas solo Víctor, no hay pruebas, no hay soldados, no tienes nada —.
En su cara se dibuja el miedo y la sorpresa, rompiendo su acostumbrado rostro de hielo, y unas gotitas se dejan caer por su frente.
— ¿Qué…que vas a hacer conmigo? Si dices que no vas a matarme entonces ¿Por qué
me lo has contado todo? —
Roberto y yo nos miramos sonriendo
— Porque…no vas a recordar nada. —
Roberto se acerca a Víctor con una jeringuilla entre los dedos.
— Sabes Víctor, el SD3 en dosis muy elevadas puede ser permanente, así
que…despídete de los tres últimos años de tu vida —
Víctor se retuerce y pide hacer un trato, pero no hay trato que valga. En cuanto Roberto le clava la aguja no tarda más que un par de minutos en perder el sentido. Estará sin conocimiento unas doce horas, cuando despierte no recordara nada.
— ¿Y que vamos a hacer ahora con el? No le podemos dejar aquí abandonado— Me
recuerda Roberto.
— Mañana haremos una llamada anónimo a la policía indicando su posición, no te
Preocupes. La INTERPOL le dará una subvención para vivir lo bastante bien durante toda su vida, en el fondo le hemos hecho un favor ¿Llego Ivonne bien a Tokio? — le pregunto, él saca un teléfono móvil del bolsillo y me contesta — ¿Por que no lo averiguas tu mismo?, tienes el número en la agenda. — A lo que añade al ver mi cara de desconcierto —Tranquilo, no esta registrado, es totalmente seguro —
Busco su número con impaciencia y la llamo, da señal, un toque, dos, entonces se oye una dulce voz de mujer con acento francés al otro lado.
— ¿Robegto, eges tú?
— Casi, pero mas guapo y mas canalla.
— Lo de canalla es ciegto, lo de guapo ya lo discutiguemos cuando vengas a vegme.
— ¿La tienes a salvo?
— Ahoga mismo esta en mis manos cagiño, la Giocconda es nuestra.
- Max Estrella









