Rapsoda y Trovas 2010

El misterio del anillo y del breviario

Cerca de Badajoz, en la aldea de Telena, allá por el siglo XV, vivía la familia formada por Álvaro Alfón y Ana Gil, servidores que fueron de la ilustre familia de González y que en pago de sus servicios, les habían dejado esta heredad. Con ellos convivía una niña, Elvira, de siete u ocho años de edad.

Todas las tardes, esta niña, vestida con ropas de hidalga, recibía las visitas de varias damas insignes de la ciudad. Isabel Suárez de Figueroa y su hija, Teresa de Aguilar, no faltaban nunca a la cita y con la niña compartían lecturas y labores. También Mencía Goes y su hija, Blanca de Sotomayor, de la misma edad de Elvira, solían frecuentar la heredad de Telena y ambas niñas compartían juegos y aficiones. Otros nobles extremeños, como Alonso de Aguilar y Constanza Esteban, con su sobrina Constanza Fernández, así como la marquesa de Santillana, cuando se encontraban en Badajoz, acudían a ver a Elvira.

Todos se preguntaban quién podría ser esta niña, mimada por las familias más distinguidas, cuyo nombre era el mismo que el de la hermana de la marquesa de Santillana, ahijada de esta marquesa y que Isabel Suárez contempla con cariño y con nostalgia. Los rumores corrían de boca en boca y sobre la niña se contaban mil historias fantásticas.

Por aquel entonces, los próceres de la ciudad levantaron sus casonas y palacios junto al muro almenado que daba al Guadiana. Sobre los dinteles de sus hermosas construcciones destacaban los escudos de sus nobles estirpes. Al lugar se le conoció como el Miradero y en él se reunían los jóvenes de la distinguida sociedad de aquellos tiempos.

Una de las mansiones del Miradero, era la del noble Andrés Esteban y su esposa Constanza Fonseca. Tenían tres hijos: Vasco, Isabel y Constanza, que compartían fiestas con su prima Mencía Goes, hija de Ferrán Sánchez de Badajoz y de María Esteban. Las tres jóvenes eran amigas inseparables de Leonor y Álvaro, hijos de Ferrán Díez, Catalina, Rodrigo, Diego y Juan, hijos de los González, señores de Telena.

Teresa Aguilar hija de Gome y Elvira, señores de Feria, era también íntima de estas jóvenes y en los jardines y salones de los Esteban se reunían para pasar agradables veladas, en compañía de su hermano Alonso, al que se conocía como el Desheredado.

Como es natural, en estas reuniones de amigos, pronto surgió el amor. Mencía Goes se prometió a Hernando de Sotomayor; Isabel Esteban se casará pronto con Juan González, lo mismo que Constanza y Álvaro Díaz. Alonso, el Desheredado y Catalina González, estaban profundamente enamorados.

Rodrigo se prendó de la bonita Teresa de Aguilar. Pero este amor no era correspondido, porque Teresa amaba con ternura y era correspondida por Vasco Esteban.

La marquesa de Santillana, confidente amable de sus sobrinos, Teresa y Alonso, veía con buenos ojos estas relaciones, ignorando la tragedia que se cernía sobre ellas.

Rodrigo González no pudo soportar la fortuna de su rival, Vasco, que gozaba del cariño de Teresa y en su corazón anidaba el resentimiento y el odio que le llevarán hasta el asesinato.

Cerca de la sinagoga de la ciudad, se encontraba la tienda del judío Abiú Armandel, que frecuentaba la marquesa de Santillana, acompañada de Teresa y su inseparable amiga Catalina.

Alonso y Vasco solían acompañarlas, no tanto porque estuvieran interesados en las posibles “artes” del judío como por estar más tiempos junto a sus amadas.

Abiú Armandel, además de riquísimas telas, joyas preciosas y perfumes maravillosos traídos de Siria y Arabia, tenía fama de ser también un hechicero que podía predecir el porvenir, preparar pócimas amorosas y todo tipo de sortilegios.

Era un miércoles santo. Catalina y Teresa, flanqueando a la marquesa, salieron de la catedral, después de asistir al Oficio de Tinieblas. Habían seguido los rezos en unos preciosos breviarios que la marquesa les regaló a su vuelta de una visita al Monasterio de Guadalupe. Había ya caído la noche y se encaminaron hacia la tienda del judío, seguidas por Vasco y Alonso. Éste, como siempre, las acompañó hasta el interior de la tienda y Vasco se quedó en la puerta para prevenir alguna otra visita inoportuna. Al entrar en la tienda, Teresa se volvió y sonrió a su amado y él le correspondió con una mirada apasionada, una mirada un tanto extraña que se le clavó en el corazón al tiempo que besaba el breviario que le dejó como prenda de amor.

Cuando salieron de la tienda, Vasco no estaba en su puesto. Alonso recorrió la calle en todas direcciones, pero todo fue inútil. Teresa se llenó de sobresalto y, en toda la noche pudo conciliar el sueño mientras los más tristes pensamientos se apoderaban de su ánimo. Y no estaba equivocada. Al día siguiente, el cadáver de Vasco apareció en la parte trasera de la sinagoga. Una certera estocada le había atravesado el corazón. Todos pensaron que el homicida era Rodrigo González, pero nada se pudo probar y la justicia no encontró un culpable.

A Catalina González, desde aquella noche terrible, no se la volvió a ver. Su hermano Rodrigo, el posible homicida y tutor de la joven al haber muerto sus padres, la sometió a una feroz reclusión. Sólo la dejaba salir para ir a la iglesia, al amanecer, y custodiada por varios sirvientes. Teresa se mostró inconsolable, llorando amargamente la pérdida de su amado. Alonso, ante la reclusión de Catalina, creyó volverse loco. No podía resignarse a no ver ni hablar con su enamorada y la desesperación se apoderó de él.

Poco a poco, Alonso se fue calmando, aunque perdieron el consuelo de la marquesa que tuvo que partir a la corte y tardaría más de un año en volver a Badajoz. Ana Gil, sirvienta fiel de Catalina González, frecuenta la tienda del judío y algunos aseguran que Alonso, de forma recatada y furtiva, acude también allí de noche.

Una noche, estando ya de vuelta la marquesa, Ana Gil, llegó con recado urgente para ella. Salieron precipitadamente la tía y el sobrino hacia la casa de los González, con la sirvienta y lo que allí pasó, jamás llegó a conocerse. El médico judío Mair el Inglés y el abad de los agustinos, fray Diego, pudieron haberlo contarlo, pero ambos sellaron sus labios y nunca hablaron de ello.

Mucho tiempo duraron los rumores sobre los sucesos de aquella extraña noche y de lo que aconteció después. Catalina González murió a los pocos días de una enfermedad tan fulminante como desconocida y lo más misterioso fue la desaparición del hermano de la fallecida, Rodrigo, que ni esperó a las honras fúnebres. Dejó el cadáver en manos de la sirvienta que fue velado por la marquesa y Alonso hasta el sepelio.

Ana Gil y Alvaro Alfón se casaron a los pocos días y se trasladaron a la heredad de los González en Telena, bautizando a una niña que decían haber encontrado abandonada en su puerta. La marquesa de Santillana apadrinó a la niña, dándole el nombre de Elvira.

Pasó el tiempo y corría el año 1441. Alonso solía pasar largas temporadas fuera de Badajoz, pleiteando con sus primos Fernández de Córdoba por el mayorazgo de Aguilar del que le había desposeído su abuelo. Pero cuando estaba en la ciudad, acompaña a su madre y a su hermana en sus visitas a Telena.

Una tarde, la marquesa, Alonso, Isabel y Teresa, junto con el resto de las damas que mantienen su amistad desde su juventud, parten hacia Telena. Al regreso de la heredad viene con ellos Elvira. La marquesa de Santillana ha conseguido del rey que legitime a aquella niña, que ahora ya es público y notorio, es la hija de Alonso y de la desgraciada Catalina González.

Constanza Esteban enviudó de Álvaro Díaz y lo mismo le sucedió a Mencía Goes, aunque ésta tuvo la suerte de quedarse con una hija, Blanca, que le ayudó a soportar la soledad. Blanca y Elvira siguieron cultivando la amistad que iniciaron en sus días en Telena, y ahora son dos jóvenes hermosas, tan unidas como lo estuvieron, en su tiempo Mencía y Teresa. Pedro Suárez de Figueroa y Alonso, el Desheredado, que son primos, se han hecho inseparables y con ellos va Bartolomé, portugués de la rama de los Sánchez de Badajoz. Este mozo ingenioso y galano se ha enamorado de Elvira Aguilar y Pedro ha quedado prendado de las gracias de Blanca. También Alonso de Aguilar, contemplando a los jóvenes, ha sentido que su corazón ha despertado. Tiene cuarenta años y se encuentra todavía capaz de hacer feliz a una mujer… y esta mujer es la viuda Mencía Goes, atractiva, hermosa, con apenas treinta y cinco años.

Por su parte Teresa de Aguilar, que no ha vuelto a enamorarse, sólo desea mantener su espíritu en paz y desea profesar en un convento, en el de Santa Lucía,

Una tarde de otoño, Teresa desde uno de los ventanales del palacio, ve una comitiva de arrieros. Detrás de ellos, a cierta distancia, avanza un mendigo en solitario. Al verlo, a Teresa le ha dado un vuelco el corazón. Le ha parecido que, al pasar por delante del palacio, ha dirigido una mirada a la ventana en la que ella está, y la ha mirado con unos ojos febriles. Cree que le conoce, que le ha visto antes, pero no sabe dónde ubicarle.

A toda prisa bajó y dio orden de que cuando un vagabundo llame a la puerta que se le abra y atienda y que se la avise para que sea ella la que le entregue una limosna. Pero el mendigo no se paró. Este mendigo ya había sorprendido a los arrieros cuando los alcanzó. Parecía un viejo por su aspecto y, sin embargo, se movía con agilidad. Vestía harapos, pero en su dedo brillaba un anillo con un rubí de gran tamaño, una joya impropia de aquel pordiosero. Teresa estuvo esperando varios días, pero aquel hombre no apareció.

Alonso y Mencía se casaron casi en secreto, discretamente y se fueron a vivir a Telena. Sin embargo, las bodas de Blanca y Pedro Suárez de Figueroa y de Elvira de Aguilar con Bartolomé Sánchez de Badajoz se celebraron con grandes festejos en los que participó la ciudad entera.

Pero en la de Elvira ha sucedido algo especial, una nota de misterio. En el momento de la ceremonia en la que se procede al intercambio de anillos, fray Diego que es oficiante, ha presentado un anillo con un gran rubí, diciendo a los contrayentes que tiene el sagrado encargo que se utilice esa joya en lugar de ninguna otra. Es un presente que la madre de la novia le envía desde el cielo.

Alonso palideció, y en un instante recordó cómo él mismo había puesto este anillo en el dedo de Catalina González, como prenda de su amor en una tarde de pasión y entrega. Desde aquel momento, Elvira llevó siempre este anillo, rojo y brillante como si se tratara de sangre recién vertida… el mismo anillo que su madre veneró y conservó hasta su muerte. De lo que no hubo forma es de saber cómo había llegado a manos de fray Diego, que respondía con el mutismo más absoluto cuando se le preguntaba por el tema.

Para Teresa de Aguilar había llegado el momento de la profesión religiosa. Una mañana, acompañada sólo por su madre, se dirigió al convento en el que era ya esperada. Madre e hija, arrodilladas, invocan la protección divina y en la soledad del templo, se oye el rechinar de la puerta. Teresa se estremece, no sabe bien por qué y al volver la mirada se encuentra con los ojos de mendigo que viera desde su ventana. Ahora se dirigen a ella, implorantes, amorosos, humildes. Sus ropas raídas y mugrientas, dejan ver que fueron ricas y esplendidas otro momento, y él mismo es alto, distinguido, con unas manos finas y elegantes. Teme Teresa que se trate de una aparición diabólica y ruega a Dios que la proteja de las artes del Maligno. Pero no puede dejar de mirar al mendigo… y todo un mundo de amores e ilusiones perdidas se agolpan en su pensamiento cuando ella creía ya que los había desterrado de su corazón.

La decisión está tomada y con un gran esfuerzo de la voluntad se vuelve hacia el Crucificado. De Él espera la paz y el amor, la tranquilidad de espíritu y la vida apacible de las que se dedican al servicio del Señor sin otras ambiciones ni cuidados.

El mendigo ha desaparecido. Madre e hija se despiden con un cálido abrazo, mientras sobre sus rostros resbalan las lágrimas de la emoción y la renuncia. Cuando acaba la profesión, Teresa se dirige con paso firme hacia la clausura.

Al día siguiente, la campana que llama a maitines despierta a Teresa. La hermana tornera entra en la celda y le entrega un paquetito por orden de fray Diego, diciéndole que lo acepte de parte de un penitente arrepentido que sólo desea de que le perdone y rece por él.

Teresa lo abre con impaciencia y curiosidad. Es un breviario, un libro de horas, aquel que entregara a su amado Vasco. No hay tentaciones satánicas ni fantasmas que la turben. Es una realidad. Y comprende… comprende quién es el mendigo que ha seguido sus pasos en sus últimos días en el mundo. Entiende, también, la mirada suplicante de aquel hombre que vaga solo por los caminos, harapiento, tal vez hambriento, acuciado por el peso de una culpa que desea redimir con una penitencia que él mismo se ha impuesto. El alma de Teresa se llena de una inmensa piedad hacia este ser desgraciado.

Besando el breviario y suspirando, Teresa lo deja a los pies del crucifijo de su celda y sale para reunirse con el resto de sus hermanas. Todo está consumado. Su ánimo recobra la paz mientras la campanita del templo sigue llamando a los devotos a la misa del alba.

  • Angela Cáceres

UN LUGAR DE LEYENDAS.


El Pueblo

Al suroeste de España, en la Comunidad Autónoma de Extremadura, en la Comarca de la Serena se encuentra Magacela, villa enclavada en la vertiente oriental de la sierra del mismo nombre. Su término municipal ocupa una extensión de 76,8 kilómetros cuadrados.
La Junta de Extremadura declaró en 1.994 a localidad Bien de Interés Cultural por la categoría de su Conjunto Histórico-Artístico

Dado lo quebrado del terreno,  la disposición de las edificaciones sobre la fuerte pendiente constituye un prodigio de habilidad y pragmatismo. En la zona más alta las calles son tortuosas y con cuestas, formando  desniveles donde abundan los rincones pintorescos.

Entre el barrio bajo y la ermita de los Remedios puede verse un dolmen, asentado en la llanura, soporte de una serie de interesantes grabados esquemáticos datados en el III milenio A. C.. En los abrigos de la sierra se hallan representaciones pictóricas de arte rupestre esquemático.
El nombre de Magacela proviene de la antigua Umm Gazala árabe (Gran Madre o Casa Grande o Segura). La importancia de la plaza se aprecia de antemano en el encabezamiento “Umm” de su topónimo, ya que según  los diferentes estudios llevados a cabo, es éste indicativo de las principales ciudades de la división administrativa del territorio hispano-musulmán. El término Umm Gazala, según Manuel Terrón Albarrán evolucionó de la siguiente manera: Umm Gazala, Ummagazala, Magazala, Magazela y actualmente escrito: Magacela. También se le han otorgado otros apelativos como el latino Magna Cella (Gran Despensa) debido a la riqueza cerealística de la zona y el de Magalia Quondam (Chozo o Refugio de Pastores).
En toda la comarca de La Serena es conocida la leyenda de la princesa mora que relata de la siguiente manera Antonio Agúndez refriéndose al castillo: «La princesa mora que lo habitaba había comido opíparamente, y hubo de dejar los postres ante el estruendoso aparato de guerra de los cristianos, que ya asomaban por almenas y portillos, dándose muerta a la vez que exclamaba: “Amarga cena, amarga cena para mí”. De ahí vino Malgacena y de ahí pasóse a como la conocemos». Popularmente es el origen que se le da al nombre de la población, aunque son los otros topónimos antes indicados los que cuentan hoy en día con un mayor grado de credibilidad científica.  Los investigadores identifican Magacela con la Arsa turdetana (aunque otros la sitúan en Azuaga), con Astyla y con las Arias y Consolatia romanas, aunque no hay confirmación de ello.
Al primer asentamiento celta le siguió otro romano,  según algunos aquí murió Viriato en lucha con las tropas romanas del General Cepión en el año 139 a. C. (4)

El castillo.


El castillo de Magacela se alza sobre un cerro rocoso desde el que domina la localidad  y toda la comarca.  El emplazamiento del mismo constituyó un importante enclave defensivo desde tiempos remotos.
La población, que surgió al abrigo de esta formidable fortaleza, permaneció en el interior de la misma hasta el siglo XIV, en que el caserío comenzó a descender por la ladera.
De los últimos tiempos romanos posiblemente sean los restos de amurallamientos de aparejo ciciclópeoo conservados en la vertiente septentrional que rodean la cerca medieval, que aunque a falta de excavaciones que lo corrobore, parece ser claro indicio de una atalaya romana de enormes dimensiones.
Será en tiempos de ocupación almohade cuando la plaza adquiera cierta relevancia, construyéndose en esta época la mayoría de los elementos defensivos que nos han llegado del castillo.
Con la reconquista cristiana, y tras la toma de la plaza en 1232, y la posterior donación a la Orden de Alcantara, la raza guerrera y el clima físico-bélico se va disipando poco a poco, pues una etapa de cierta estabilidad bélica y un cambio de mentalidad de los nuevos ocupantes de la fortaleza, contribuyen a ello.
Como anteriormente se ha apuntado, la edificación se adapta totalmente a las condiciones topográficas del terreno. Su fábrica, compuesta por ladrillo y mampostería en su mayor parte deja al granito algo de protagonismo en parte de sus muros como ángulos y basamentos de torres, en los que parece que las piezas han sido reutilizadas de otras construcciones anteriores.

El perímetro fortificado del castillo abarca la máxima superficie que permite el desnivel de la alargada cresta rocosa en que se asienta. De este modo, ocupando una extensión de más de 250 metros por 65 metros de anchura en algunas partes, los muros se levantan a desigual altura, acondicionados por la irregularidad de las cotas orográficas que marca el terreno.

Consta esta fortaleza de tres cuerpos o recintos; el llamado primer recinto, en la parte más oriental, en sus orígenes tuvo que albergar un importante número de población; el segundo, inmediato al primero y más a poniente, es de dimensiones mucho más reducidas que éste; por último, en la parte más occidental, se encuentra el cuerpo principal del castillo, que fue centro administrativo y funcional de la fortaleza.

En el primero, la puerta de entrada a la fortaleza se encuentra en la parte media de una torre cuadrada, se llega a ésta mediante una calzada en rampa que provoca un gran desnivel y hace perder a la torre mucha de la altura levantada. La torre debió de ser construida en los años finales del siglo XII. Es conocida esta puerta en la población con el nombre de “Puerta de San Pedro” por haber albergado la imagen del Santo en una hornacina que aún se conserva. En su terraza, de pavimento de ladrillo y accesible desde las escaleras que arrancan del andén, se conservan aún tres merlones con sus saeteras.Poco más adelante, una coracha corre ladera abajo del cerro desplazándose unos 35 metros. De ésta no queda prácticamente nada más que el arranque de los cimientos que aún afloran en el suelo.

En este primer cuerpo se conserva en su interior dos aljibes, la antigua iglesia Parroquial, originariamente una mezquita, (a la que también llegaron las pintadas), ubicada en lo más elevado del terreno, un cementerio situado en lo que abarcaría el antiguo patio de armas bastante deteriorado, además de todo el conjunto de espacios abovedados hundidos que forman un montón de ruinas de difícil interpretación. Uno de los dos aljibes se encuentra inmediato a la entrada en recodo ligeramente; de éste, sólo se conserva el vaso, muy profundo y excavado en la roca. El otro,  está ubicado entre el muro norte de la fortaleza y el del cementerio. Por lo que se puede apreciar, la construcción era de mampostería con bóveda ligeramente apuntada.

Ya en muros del segundo recinto, encontramos los restos de  una torre maciza de tapial y argamasa, forrada con mampostería,  otra huella defensiva almohade.  A su lado se encontraba la segunda puerta de la fortaleza, formada con arco de piedra labrada, hoy un gran vano circular: «… y a la parte de tramontana esta una portada de una arco de piedra labrada con una calçada que ssale al campo y no tiene puertas la dicha portada …».

Aquí se conservan dos aljibes: uno excavado en la roca y el otro, una construcción cristiana de mampostería con bóveda de cañón de ladrillo algo apuntada.

En el  tercer cuerpo o cuerpo principal de la fortaleza, el elemento más destacado es la torre poligonal o del Homenaje. En esta parte occidental del conjunto defensivo, alejado, y siguiendo la tipología musulmana de situar distantes los palacios administradores y dependencias del Alcaide moro, se encuentra lo que debió ser el alcázar de la fortaleza durante el dominio musulmán, centro primario, administrativo y económico, motor de todas las actividades de la comunidad.
La Torre del Homenaje, datada a finales del siglo XII, tiene ocho caras y planta irregular, presentando en la parte media inferior una más por haberse achaflanado una de las que miran al norte.

Está construida de mampostería con ladrillos en los ángulos, actualmente maciza, rellena de barro y argamasa. Su tipología es similar a las denominadas “Torre Redonda” y “mocha” de Cáceres o a la de “Espantaperros” de Badajoz, todas de tapial y del mismo periodo almohade.
Al lado de la torre del Homenaje, adosadas al muro de levante, se encontraban dos dependencias seguidas: una era el pajar o gallinero mencionado, y la otra, más al sur, tahona para el pan. Contiguos al muro meridional se sucedían: un recinto utilizado como panera, caballerizas con piso arriba y una dependencia con horno. A poniente encontrábamos una sala con chimenea de campana en un extremo y una alacena en el otro. Estaba cubierta con bóveda de cañón de ladrillo, solada de hormigón y cal y quizá fuera cocina.
Las dependencias de los flancos septentrional, meridional y de poniente, rodeaban a un patio o plaza central que al parecer estaba algo elevado.
En la Edad Moderna encontramos documentadas varias intervenciones en el castillo estudiadas por el profesor don Antonio Navareño Mateos y recogidas también por Alonso Gutiérrez Ayuso en su Memoria de Licenciatura.

Leyendas

Magacela cuenta con un gran número de leyendas, mezcla de historia,  relatos histórico-fantásticos de algún escritor y la inventiva propia de la gente de la comarca.

DOÑA EGILONA

El castillo de Magacela fue conquistado por los visigodos, cerca de la calzada romana que pasaba desde Mérida a Medellín, Zalamea y Córdoba. Su último morador visigodo fue una mujer, doña Egilona, esposa del último rey godo, don Rodrigo.
En esa época, año de 713, el empuje de las tropas árabes que invadían la península, capitaneadas por Muza, tras un año de resistencia capituló Mérida, capital de la Lusitania, floreciente entonces como en sus mejores tiempos romanos.
A la vez que Mérida fue fuertemente acosada la fortaleza de Magacela, resistiendo valientemente Egilona.
Muza fue llamado a la corte de Walid I, encomendado la conquista del castillo a su hijo Abd-al-Aziz, el cual en el 714 ataca Magacela consiguiendo que cayera por el empleo de una estratagema.
Según la tradición, por la parte sur del castillo, lanzó siendo de noche un rebaño de cabras con luces en la cabeza pareciéndoles a los sitiados que un ejército enorme les iba a invadir por ese sitio, por lo que la mayoría acudieron a la parte sur aprestándose a su defensa, mientras dejaban desguarnecida la entrada principal del recinto, oportunidad que aprovecharon las tropas de Abdelaciz para poner escalas y cuerdas logrando saltar el muro y coger por la espalda a los sitiados.
Abdelaziz entró inmediatamente en el castillo saliéndosele al paso doña Egilona, la cual entregó la fortaleza al jefe árabe al mismo tiempo que las tropas sarracenas infringieron duro castigo a los castellanos.
Solamente se llevaron algunos rehenes de la reina visigoda, incluida la propia reina, la cual acompañó de buen grado al caudillo Abdelaziz, tan de buen grado que al poco tiempo contrajeron nupcias, volviendo a la fortaleza que reformaron al gusto árabe, formando una corte deslumbrante de lujo, en la cual brillaban con brillo distinguido las hijas de los magnates godos.

Romance de Rodrigo y Egilona:
Quédate adiós, reina triste;
quédate adiós, que me parto
los moros ya me han vencido,
los moros me han sojuzgado;
no cures llorar mi muerte,
no cures llorar tu estado;
procúrate de esconder
allá en lo más apartado,
vete luego a las montañas
de aquel reino asturiano

DE LOS SANTITOS

El Prior de Magacela don Diego Bezerra de Valcárcel escribió un libro sobre la vida de San Aquila y Santa Priscila, su esposa, que, según él, sufrieron martirio en Magacela. El autor se negaba a publicarlo pero su hermano, don Antonio Bezerra, regidor perpetuo de Villanueva de la Serena, le hurtó el original y lo envió a la imprenta sin que el Prior lo supiera, publicándose en Sevilla en el año 1.684.
En el libro aparece una leyenda, que aún perdura, que dice que unas luces salen de la laguna llamada hoy de los santos:
“En una laguna que està en la falda de la Sierra de Magazela se ve una luz muy resplandeciente, que es del tamaño de la que dà una hacha de quatro pavilos, y suele hazer unos circulos en aquel lago, y se consume, ò desaparece en un sitio contiguo, que llaman del Texar, y otras vezes sale de la laguna, y pasa el camino á baxo de la Hermita de nuestra Señora de los Remedios, hasta una piedra larga, y angosta, que està con èl con unos caracteres antiguos, y buelve al texar, donde se consume.”
Esa era la señal, según el Prior, de que en aquellos parajes se encontraban las reliquias de los santos. Recurriendo continuamente a la fe, intenta demostrar que en el año 95 los referidos santos sufrieron martirio en Magacela, entonces pueblo pagano. Incluso hace diligencias para descrubrir los cuerpos de los mártires ordenando levantar una losa “que tiene tres varas de largo, y media de ancho; y unos caracteres, que segun la resolucion de persona perita, Cathedratico de lenguas de la Universidad de Salamanca, à quien le consultò, son cifra, como otros que suelen verse en semejantes piedras, y descubrieron un genero de encalado, y debaxo una piedras de grano, en forma de un aqueducto trabadas unas con otras; cabaron los obreros, y no se descubriò cosa alguna. No ayudò el tiempo à profundizar mucho, porque aviendo precedido tres dias muy serenos, y apacibles y descubierto el Sol, quales no se avian visto en mas de cincuenta dias, que todos fueron de aguas, aquel dia despidieron las nubes tanta agua (que fue el dia 18.) y se ha continuado despues en abundancia tal, que no se pudo trabajar mas, por averse llenado de agua el sitio que se abriò, donde estava la losa”. Estas fuertes lluvias son una señal para que esto no se haga.
Tras ello, el Prior nombró patronos menores de su priorato a San Aquila y Santa Priscila, en detrimento de San Benito, que era el patrono mayor, y ordenó levantar una ermita en lugar próximo a la laguna, que aún hoy existe en estado ruinoso, para que se celebren cultos en honor de los santos, declarando como fiesta el ocho de julio:
“Y aunque expresamente no consta de su canonizacion, se deben tener, y venerar por canonizados; la razon es, porque estan en el Catalogo de los Santos en el Martirologio Romano à ocho de Julio, como yà emos dicho. El qual està aprobado por la Santidad de Gregorio XIII …
… aviendo tomado consejo de el Clero (que es lo que basta) mandè que el dia 8. de Julio, que es el proprio suyo, donde los refiere el Martirologio, se guarde como fiesta de precepto en todos los lugares del Priorato de Magacela, segun la facultad, que no dà el derecho Canonico à los Prelados de instituir dias festivos…”.
En la actualidad la fiesta más importante de Magacela es la de Los Santitos, que se celebra el día 8 de julio.

DON ALONSO DE MONROY

Era por entonces Alcaide del castillo de Magacela don Francisco de Soto, sobrino de don Gómez de Cáceres a quien don Alonso de Monroy había ofendido al desposeerle del Maestrazgo de Alcántara.
Francisco de Soto obliga a su sobrino Francisco de Solís a urdir un plan para que Alonso de Monroy se traslade al castillo de Magacela y sea apresado.
El de Solís le envía un mensajero para que comunique a don Alonso el ofrecimiento del castillo de Magacela y el compromiso de casarse con su hija doña Elvira.
En el patio de armas del castillo hay mucho bullicio, pues juglares y danzantes ensayan sus artes para la fiesta que allí se ha de celebrar en honor a don Alonso de Monroy.
Este parte del castillo de Zalamea seguido de una tropa de caballeros que se dirigen a Magacela en donde le esperan el de Soto y el de Solís para llevar a cabo la venganza.
En el camino le sale un enviado de su amigo el Conde de Feria, que le dice que no entre en el castillo de Magacela, porque él sabe que va a ser preso, a lo que le contesta el de Monroy, que se lo agradece, pero que son infundadas sus sospechas.
Llegado al castillo le dan la bienvenida abrazándole el de Solís afectuosamente, y le hacen pasar diciéndole que tienen preparado grandes fiestas en su honor.
Llegada la hora de la cena, los comensales, entre los que estaban los más insignes caballeros de la Orden de Alcántara, se trasladaron a la habitación más amplia del castillo, rogándole que ocupara el lugar principal de la mesa.
El Maestresala le acerca una gran bandeja cubierta por otra, ofreciéndosela a don Alonso que al destaparla vio que contenía una gruesa esposa de hierro.
El de Monroy se levantó enardecido y se precipitó con la espada empuñada, pero entre los demás comensales y soldados le sujetaron fuertemente y sin explicaciones le encerraron en una celda que miraba al poniente.
Cierto día cayó en su poder una cuerda de ballesta y la guardó cuidadosamente y una noche oscurísima se deslizó por ella, pero el peso de las cadenas hizo que cayera sobre el pedregoso suelo desde regular altura, y quedó patiquebrado. Se escondió entre la maleza, pero a los dos días de le descubrieron y don Alonso después de una durísima temporada en su encierro tuvo que esperar.
Atacando un día el castillo de Ugüela, en tierras portuguesas, don Francisco de Solís cayó y quedó apresada su pierna bajo el caballo. Pidió ayuda desesperadamente, y el criado antiguo de don Alonso de Monroy que estaba entonces al servicio del de Solís, se acercó al caído, desenvainó la espada y descargó tan fuerte golpe con ella sobre la cabeza de su nuevo amo, que la separó del tronco, exclamando: “Así pagarás la traición que hiciste a mi amo”.
Al saberse la nueva en Magacela, don Alonso de Monroy ofreció al de Soto el castillo de Mayorga y su encomienda a cambio de su libertad, marchando a su querido castillo de Azagala.

(Más información en http://www.magacela.com)

  • Angela Cáceres

Respuestas

  1. Ha muerto Estrella Doncel.

    http://www.hoy.es/v/20100823/badajoz/poetisa-pacense-estrella-doncel-20100823.html


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