NACIMIENTO DEL RÍO MUNDO
– Seguramente porque necesito un impasse entre críticas y lamentaciones sobre desamparos patrimoniales, seguramente porque me impactó, seguramente porque de vez en cuando un relax, aunque sólo sea virtual, es necesario y obligado, seguramente porque su exotismo me recordó la frondosidad del ecosistema de los bosques de la Codosera, o la salvaje belleza de Monfrague, o de Las Hurdes, o seguramente porque me encapriché del colorido y de las fragancias… ¡que sé yo!-
La cueva tiene una entrada tan peligrosa que se nota a gran desvarío a los que en ella quieren entrar, y yo entre una vez, de lo cual me arrepentí muchas veces aquel día…
Tratado de Montería del Siglo XV –Manuscrito del Museo Británico- publicado y anotado por el Duque de Almazán. Madrid MCMXXXVI
Alaba Ediciones. Madrid. Pág. 252-254
Y yo, que del todo y todavía no estoy en demasiado desvarío también he estado en ella…
En Riópar, privilegiado rincón de la provincia de Albacete, en un paraje conocido como Los Chorros y con una caída de más de ochenta metros se precipitan las aguas del río Mundo formando una de las cascadas más bellas de España.
Abajo, la frondosidad de una tupida arboleda cuajada de avellanos, tejos, higueras salvajes, encinas, quejigos, pinos, acebos… selvática senda bajo un gigantesco palio poniéndole difícil la entrada a los rayos de sol donde tan sólo por las costuras de sus ramas se intuye el clareo del cielo que, precisamente en mi día –nuestro gran día- se llenó de nubes oscurecidas y amenazantes deseosas de empapar la tierra con un inquietante chirimiri que además de preocuparnos un poco o un mucho, con su fina cortina de fondos grises consiguió el más difícil todavía, embellecer aún más –si eso es posible- la bucólica estampa en única e imperecedera.
Ver a vista de pájaro desde un saliente de la rocosa y vertical pared la frondosidad del bosque a nuestros pies, convertido en gigantesca alfombra de verdes claroscuros, mentas, y pistachos con intenciones de revertirse a amarillos, resultaba arrebatadoramente bello; en tanto, el ruiseñor bastardo, el común, el zarcero, el mirlo… compitiendo en una incomparable banda sonora de la que no intentaban escabullirse las cabras montesas, animales que más que ver intuíamos por la frescura más o menos solidificada de sus excrementos; lo mismo que los jabalíes, el gato montés y tantos otros que seguramente nos espiarían agazapados cerca de las veredas esperando ver pasar el peligro que sin ninguna duda representamos para ellos, y es que al fin y al cabo nos guste o no, somos lo que parecemos, bestias dañinas e invasores de moradas silvestres.
Viendo y sintiendo tan cercana la fuerza de la naturaleza entendí que hubiese que protegerla, y es que antiguamente, cuando los bosques sólo pertenecían a leñadores y gente de campo respetuosa y agradecida con el medio que les daba de comer, los desperdicios humanos solían ser en su totalidad orgánicos, pero ahora, que los falsos amantes del aire libre pululan de un lado a otro dejando rastros de tetrabriks de todos los colores, y plásticos y vidrios delatores del peor ganado humanar, a la Delegación de Medio Ambiente de Albacete no les ha quedado más remedio que cortar por lo sano. Por todo ello, y por la peligrosidad de algunos tramos de la senda, la cueva sólo puede visitarse si se tienen los permisos oportunos o con guías especializados.
Una vereda -casi oculta por una más que generosa vegetación- escarpada y bella, y más escarpada y en algunos tramos más bella aún, y más difícil y peligrosa, te va conduciendo lentamente –según el estado físico de cada uno y de cada cual- a la pared norte del Calar del Mundo para, en un tercio del farallón rocoso sorprendernos la enorme boca de quince metros de anchura por veinticinco de altura de la entrada
Dentro, un laberinto de galerías con un lecho de copiosos correntones de purísima y cristalinas aguas remansando en pequeños y medianos lagos nos dejó con la boca abierta y el corazón acelerado por la emoción de lo desconocido. Los cinco sentidos agudizados: ojos abiertos y atentos a la luz de las linternas; el tacto de las piedras, el olor de la humedad, el sabor del agua helada y el rumor de la cascada interior sació nuestra sed de aventuras espeleológicas, y lo mejor es que en ningún momento nos sentimos inseguros. Nuestro experimentado guía, Fede, nos dio la seguridad que en algunos momentos pudo faltarnos, especialmente a mi, que después de muchos años autocompadeciéndome de vértigos, con mucho sentido del humor terminó convenciéndome de que sólo padecía mieditis aguda. Fede guió nuestros pasos, literalmente: -un pie aquí, en esa hendidura; otro en esta; el derecho en la otra; la mano izquierda en ese saliente…-. Tuvimos un guía de lujo, un lujo de ruta y una mañana de tantas emociones que llegué a la noche tan adrenalinicamente acelerada que me fue imposible conciliar el sueño.
La cueva guarda más misterios: El Reventón, fenómeno que aún se estudia y que supone un brusco aumento del caudal de salida, llegando a multiplicarlo por mil.
Lo imagino ensordecedor e inquietante, tanto como recorrer los más de treinta Km. explorados y otros tantos que seguramente aún queden por rastrear…
De Riópar Viejo también podría contar mucho pero lo haré cuando escriba sobre el poder que ejerce la fuerza del silencio sobre el alma, o cuando lo haga sobre lugares con encantos bendecidos por ensordecedores y mágicos silencios…
- María Penís



























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