Contrabando (entre aromas de café) última parte
Se levanta del sillón y encorva su espalda bajo el peso de una imaginaria saca cargada a reventar de café; se agazapa tras árboles invisibles y espera…al momento su cabeza se gira, su cuerpo se yergue en actitud alerta y levanta los brazos lanzando imaginarias sacas a un tren de marcha milagrosamente debilitada.
Como niños jugando a mímicas nos enseña, entre risas y nostalgias, todos los detalles.
Desde el comedor de su casa nos recrea como distribuían las sacas, como el perfecto engranaje enlazaba sus anillas y como en un santiamén se deshacían de la ilegal carga. Ahora solo estaba él para resucitarnos una escena cotidiana que en otros tiempos habría de vivirla con unos cuantos compañeros más, porque, evidentemente el café llegaba y debía llegar a todas partes; a los pueblos más cercanos, a los más pequeños, en coches particulares, en motos o en tren…
Disfruté cada palabra y cada gesto de todas las historias que salían de su boca pero, la del tren y las sacas me embobaron. Consiguió arrancarme un sin fin de sonrisas y, no aplaudí el ingenio porque aún no teníamos suficiente confianza y temí que a sus ojos acudiesen dudas sobre mi buen asiento; era la primera vez que nos veíamos y había que mantener una actitud medianamente formal.
Como cada día el tren salía rumbo a su destino…pasajero, maletas y mucha vida moviéndose en las dársenas. Aparentemente todo envuelto en la cotidianidad más corriente. Nadie sospechaba que antes de iniciar el monótono traqueteo, maquinista y revisor ya habían cruzado sus miradas asintiendo con un inapreciable movimiento de cabeza, sabiéndose cómplices y fichas fundamentales en el siguiente movimiento ajedrecístico…
Para los pasajeros el traqueteo discurría monótono, para ellos, con los cinco sentidos puestos en mantener una marcha suave que, justo al pasar bajo el Puente de Palos aminoraba aún más. En tanto, (cerca de nuestro ahora desmoronado Fuerte de San Cristóbal) un discreto grupo de hombres esperaban disimuladamente apostados en las cercanías de las vías, a la altura de la calle Gurugú, donde los raíles se integraban perdiéndose entre matojos y campos, y allí, con la rapidez que da la experiencia lanzaban sin demora las sacas que eran rápidamente recogidas por varios empleados que recompensaban el bombeo acelerado de los latidos de sus corazones con una buena remuneración.
Otro eslabón cerrado y uno más a punto de comenzar.
Segundos después el tren retomaba velocidad hasta la siguiente parada donde discretamente diseminados en los apeaderos otros hombres esperaban para recoger la furtiva mercancía y comenzar su distribución para llevarla a todos los rincones.
El contrabando de café formaba parte de una encubierta cadena con tantos eslabones que a poco que se fuese observador podía verse como enlazaban sus anillas. Y es que al fin y al cabo todos, incluidas las fuerzas de la ley gustaban de una agradable taza de café, ¡y no digamos si era Camelo, el favorito de estas latitudes!.
Quizás por eso, de vez en cuando la fuerza de la razón se convertía en sabia consejera y vencía ordenes e imposiciones de unos cuantos locos empeñados en complicar la vida de la gente corriente…- pregunté por lo que creía que formaba parte de una leyenda urbana, y mi contador particular ladeó la cabeza en un gesto significativo mientras sonreía sin querer entrar en detalles-
-¡Bueno…no era moneda común pero…-no terminaba de arrancarse, aunque sus gestos le delataban, así que volví a la carga-
-Quieres decir que no es ninguna leyenda, que a veces había acuerdos con la Guardia Civil, o sencillamente hacían la vista gorda – Agustín meditó unos segundos y al final terminó ablandándose…
No era ni moneda común ni moneda de cambio diaria. Lo que si eran tiempos difíciles donde al final todos terminaban conociéndose, por lo que de vez en cuando se llegaba a acuerdos favorecedores para unos y otros…ojos que no ven y…oídos sordos.
De vez en cuando se dejaban requisar un cargamento en un paso y durante una semana o dos ellos pasaban por otro desguarnecido de vigías.
Agustín insiste en que la vida, la constancia y las costumbres terminan hermanando a los seres humanos y aunque estas alianzas no eran frecuentes tampoco eran lo contrario. En la mayoría de las ocasiones, como suele pasar por los siglos de los siglos, más que nada dependía del factor humano de cada uno y de cada cual, y del grado de lealtad a la vida y al trabajo, y sobre todo, a las razones del corazón. –Y, hablando de alianzas…Con los que si las manteníamos eran con los dueños de las fincas por las que había que cruzar, bastaba con un apretón de manos y la promesa de respetar los sembrados.
Y entonces me cuenta que…
En esas fincas y entre las niaras de paja, los mochileros escondían la carga cuando eran perseguidos para volver a por ellas después de que el peligro hubiese pasado.
No solía haber dinero de por medio. Aunque su padre, como buen patrón cuidaba todos los detalles, por ello, de vez en cuando se pasaba a compartir un queso, buen vino y un rato de parloteo junto a los dueños o empleados de la finca.
¡Por supuesto que él ponía las viandas!
Llevábamos un tiempo considerable hablando, saltando de una historia a otra a un ritmo vertiginoso. Temía quedarme preguntas importantes en algún rincón de mi cabeza por lo que a veces inesperadamente me asaltaban dudas sobre tal o cual cuestión y le preguntaba por algo que no venía a cuento…
-¿Hubo muerte o accidente grave entre las cuadrillas de tu padre?
Agustín asiente…
-Cuando yo era un niño de mantilla, un hermano de mi padre murió en un tiroteo y, hay una historia…un caso único…
¿Conoces las canteras que están cerca del Lopo?
Yo asiento y le cuento mi afición al senderismo y él se lanza…
En el Cerro Reina, cerca de las canteras, una noche como tantas otras un grupo de treinta hombres atravesaba camino de Portugal, como de costumbre; en un momento se escucha el temido -¡alto a la Guardia Civil!- y todos corren adentrándose en la inmensidad de la oscuridad, unos hacia la derecha, otros a la izquierda…
Hubo un hombre (del que me da nombre y apellidos y que yo me reservo) que cuando desesperado corría por los alrededores del punto geodésico que hay en lo más alto del cerro, cae abatido por un tiro que la noche, las prisas, los nervios y el infortunio desviaron hacia él. Cayó de bruces desplomado por el impacto; cuando se acercaron temiendo lo peor y dando por segura su muerte comprobaron asombrados que seguía vivo. El tiro había entrado por la nuca y salido por la boca destrozándole los dientes, pero el mochilero milagrosamente sobrevivió.
Ya casi a la hora de irnos surge el tema de las mujeres en el contrabando…me consta, por una historia cercana de la que puedo dar fe porque he conocido a su protagonista, que fueron, como ocurre en tantos campos, las más desfavorecidas…
Cuando todo iba bien, cuando las adversidades de la época no se revolvían demasiado en su contra, bajo las faldas de vuelo conseguían pasar varios kilos de café que venía en unos paquetes cilíndricos que sujetaban en sus ligas…
Durante años creí que algunas duras historias que volaban de boca en boca solo formaban partes de leyendas maliciosas para que las mujeres no salieran a buscarse la vida con la misma valentía que se la buscaban ellos…pero quiso la suerte sonreírme y colocar en mi camino a Sabel, una mujer menuda y con el dolor dibujado en cada pliegue de su cara…pero eso, en cualquier caso sería otra historia.
PD: A Agustín y Antonia gracias por esa tarde al calor del brasero y de unas palabras que me llevaron directa a una imaginaria carrera sorteando piedras y baches con una pesada carga a mis espaldas.
Gracias por vuestra amabilidad y se que es imposible describir tantas vivencias de manera tan reducida pero espero haberme acercado, aunque sea un poco, a la esencia de esas historias de la vida perdidas en recuerdos anónimos.
Dar las gracias también a Delta Café por la visita a su Museo en Campo Maior
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- Lapriana


















Que pena !ya se acabo, haber si consigues escribir la historia de Sabel, me encantaria leerla y no dudo que a todos tus seguidores tambien. Bueno ya se que me repito mucho y que siempre te digo lo mismo, pero esque no encuentro otras palabras “genial”. y otra vez enhorabuena.
Esa foto del colmado , me trae tantos recuerdos, pues de muy paqueña lo visitaba muy amenudo con una de mis abuelas. Un beso.
Por: J. Hidlgo el junio 9, 2010
a las 10:26 am